Gato y Mancha

Gato y Mancha Ya Charles Darwin, en su visita por nuestro territorio, ponderaba la habilidad de los jinetes y la calidad de nuestros caballos, pero un 24 de abril de 1925 el Caballo Criollo entraría en la historia, pues desde Buenos Aires comenzaba una de las travesías más famosas del siglo. Ayacucho, 1880. Don Felipe Solanet y su señora Emilia G. Testevín fundan la estancia "El Cardal". En 1911, el Dr. Emilio Solanet, selecciona y trae del sudoeste del Chubut un notable lote de padrillos y yeguas indias de las manadas criollas marca del Corazón, célebres animales pertenecientes a la tribu de los indios tehuelches Liempichún. El propulsor y creador de la raza Criolla: Emilio Solanet, le regala dos caballos al profesor suizo Aimé Félix Tschiffely: Gato (16) y Mancha (15). Partieron desde la Sociedad Rural, en Palermo. "Son conocidos los antecedentes de los señores Pedro y Emilio Solanet como criadores del caballo criollo. Trajeron del extremo sur de la república, un lote selecto de yeguas indias, y sobre esta base formaron un plantel de animales cuyos descendientes son los campeones actuales. Salvaron así, una raza útil que desaparecía olvidada entre los indios". La Nación, 20 de Agosto de 1925. Tschiffely estaba convencido de la fortaleza de los rústicos y nada estilizados caballos criollos, y quería demostrarlo. "Mancha era un excelente perro guardián: estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase... Si los extraños se le acercaban, hacía una buena advertencia levantando la pata, echando hacia atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder... Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente... Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias", relata Tschiffely. "Mis dos caballos me querían tanto que nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nuca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho". Tschiffely tuvo que resignarse a no llevar carpa, ya que las que se podían conseguir por aquellos tiempos eran muy pesadas. Durante el viaje cruzaron varias veces la Cordillera de los Andes, y fue en esos cruces donde mayores dificultades encontraron. Sobrepasaron los 5900 mts. s.n.m. (batiendo record de altura) en el paso El Cóndor, entre Potosi y Chaliapata (Bolivia) y soportaron temperaturas de 18° bajo cero. Recorrieron 21500 Km distancia que separa a la ciudad de Buenos Aires de Nueva York y conquistaron el récord mundial de distancia. El viaje se desarrolló en 504 etapas con un promedio de 46,2 Km por día. Decía el Diario La Nación en su crónica: "En Huarmey el guía no pudo más, ni sus bestias. Los dos criollos Mancha y Gato se revolcaron, tomaron agua y después se volcaron al pasto con apetitos de leones. De Huarmey a Casma, 30 leguas, calores colosales ¡52 grados a la sombra! sin agua, ni forraje, arena, arena, arena. Los cascos se hundían permanentemente de 6 a 15 pulgadas en la arena candente". En la editorial del 23 de septiembre de 1928 quedó patentado el logro: después de más de tres años y cinco meses, Aimé montado en Mancha, su fiel compañero (Gato tuvo que quedarse en la Ciudad de México al ser lastimado por la coz de una mula), logró la hazaña: al llegar a la Quinta Avenida de Nueva York llevaba en los cascos de su caballo criollo el polvo de veinte naciones atravesadas de punta a punta, en un trayecto más largo y rudo que el de ningún conquistador, y sobre su pecho, en moño blanco y celeste, bien ganados como una condecoración, los colores argentinos. Más de tres años después de haber salido de Buenos Aires, Tschiffely arribó a la capital de Estados Unidos el 22 de Septiembre de 1928 ( 3 años, 4 meses y 6 días). Al entrar en Nueva York por la Quinta Avenida -cuyo tráfico paró en su homenaje- la recorrió por entero hasta llegar al Palacio Municipal donde los recibió el Alcalde Mayor Walker, quien ante el Embajador Argentino, Dr. Manuel Malbrán y otros personajes le entregó la Medalla de Oro de la ciudad. . Mancha y Gato volvieron a sus añoradas pampas (El 20 de diciembre de 1928 pisaron otra vez suelo porteño). Años después de culminada la travesía y de regreso en Argentina, Aimé se llega un día a la Estancia "El Cardal". Viene a visitar a sus amigos, a quienes hace mucho que no ve, y con quienes compartió tantos momentos de alegría y sinsabores. Se baja en la entrada de la estancia, lanza un silbido y al momento se le acercan al trote Gato y Mancha. Iban al encuentro de su preciado compañero. Aquellos heroicos caballitos criollos no lo habían olvidado. Mancha y Gato murieron en 1947 y 1944, respectivamente. Fueron cuidados hasta su muerte por el paisano Juan Dindart, en la Estancia El Cardal. Hoy se encuentran embalsamados, en exposición en el Museo de Luján, Dr. Emilio Udaondo. Aime Tschiffely, en tanto, siguió viajando, por la Patagonia, por España y por Inglaterra, pero siempre volvió a la Argentina. Falleció en 1954, su último viaje lo realizó 44 años más tarde, cuando sus cenizas abandonaron el cementerio de Recoleta y fueron sepultadas en el campo que su amigo Solanet tenía en Ayacucho. El viaje final "El jinete de América descansa con sus amigos" Las cenizas de Aimé Tschiffely reposan con las de Gato y Mancha. AYACUCHO (De una enviada especial).- La historia del jinete que al lomo de Gato y de Mancha recorrió la geografía americana entre abril de 1925 y septiembre de 1928 para unir Buenos Aires con Nueva York y demostrar la resistencia del caballo argentino no quedó atrapada en las páginas amarillentas de los libros y los diarios. Aquel educador suizo que vivió su juventud en Inglaterra y conoció las costumbres por boca de Cunningham Graham, que trabó amistad con los hombres de a caballo cuando llegó a nuestro país y encaró el desafío de recorrer 20 naciones de América, volvió a reunirse con sus pingos a 70 años de su hazaña. Los restos de Aimé Tschiffely, fallecido en 1954, fueron depositados ayer junto a la tumba de sus entrañables Gato y Mancha, para cumplir con su última voluntad. El acto, realizado por iniciativa de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos y de la familia Solanet, respondió a una carta escrita por Violeta Hume, viuda del jinete, y descubierta recientemente en el archivo de la estancia "El Cardal". (nota de Analía Testa publicada en el Diario "La Nación", el 22 de Febrero de 1998) . Y por ello el Honorable Senado de la Nación Argentina y la Cámara de Diputados, designa el día 20 de septiembre de cada año como el "Día Nacional del Caballo". Se conmemora a partir de hoy el Día Nacional del Caballo Diario La Nación - fecha de publicación 20.09.1998 Se conmemora a partir de hoy el Día Nacional del Caballo Festejo: es una iniciativa de la Federación Ecuestre Argentina; se reconoce así la importancia de este animal en la historia del país. En homenaje a la participación del equino en la organización histórica y económica, y en la vida deportiva de la Argentina, se conmemorará a partir de hoy el Día Nacional del Caballo. Se trata de una iniciativa propuesta por la Federación Ecuestre Argentina, que se encuentra aún en tratamiento legislativo y que centra el festejo en esta fecha en recuerdo de la llegada de Aimé Félix Tschiffely a Nueva York. Este jinete suizo realizó un intenso itinerario por la geografía americana, en un recorrido que se prolongó desde abril de 1925 hasta septiembre de 1928 y que le permitió demostrar la resistencia de los caballos criollos. Aquellos dos fieles equinos, Gato y Mancha, que hoy descansan en la estancia El Cardal junto a los restos del andariego profesor extranjero que los llevó por horizontes lejanos a la Argentina, son un símbolo de la entrega y la fidelidad del caballo a las causas nobles que hicieron historia... Romance de Gato y Mancha Pido a los santos del cielo y a las musas de la tierra, su ayuda en este momento en que pulso el instrumento para sacar del olvido el recuerdo enternecido de una hazaña portentosa. Auxilien mi inspiración, porque intento en la ocasión rendir sincero homenaje a un hombre, por su coraje, y a sus fieles compañeros: dos caballos, “GATO” y “MANCHA”. El hombre era un gringo loco que se le puso en el coco allá por los años veinte, la idea muy peregrina de unir a nuestra Argentina con los Estados Unidos en un galope tendido. Tanto anduvo con su idea que encontró por fin apoyo pues se topó con un criollo, don EMILIO SOLANET que lo tomó muy en serio y le dio pa’ que eligiera dos fletes de su tropilla. Los bichos no eran de silla sino recién agarraos y pa’ ponerles recao lo hicieron dudar al gringo que con paciencia de indio tanto y tanto los sobó, que al final los enriendó y demostrando su cancha, los bautizó “GATO” y “MANCHA” y pa’l Norte los rumbió. Y un 25 de abril de mil nueve veinticinco en Buenos Aires tomó la Rural como partida. Iba a jugarse la vida pa’ demostrar, por orgullo, por amor a los caballos, el valor, la fortaleza y el alma del flete criollo. Dejemos a los amigos caminando rumbo al Norte. Detengamos el relato, hagamos que nos importe, y pensemos, en un rato, como serían los lugares y caminos que emprendían. Imaginemos entonces nuestros montes santiagueños que todavía tenían lo mejor de sus productos cobijando en sus reductos no sólo buena madera, también eran sementera de alimentos y manjares que compensaba al que osare desafiar a su peligros; Dando comida y abrigo, alivios del caminante, y que sigan adelante en busca de su destino abriéndoles el camino pa’ que cumplan con su hazaña. Y el santiagueño acompaña el andar de los amigos. Todos quieren ser testigos, participar de algún modo un trecho aunque más no sea, entrar en esa pelea del hombre contra el ambiente y demostrar que la gente de este suelo centenario comprende el abecedario de la solidaridad, que brinda hospitalidad para todos los que llegan y en esta oportunidad no pudo haber sido menos, recibiendo a los viajeros con todo lo que tuvieron, y cuando los despidieron se iban un poco con ellos aunque sea en pensamiento, para tener alimento a sus ganas de camino porque parece el destino de todos los santiagueños, hacer realidad sus sueños siempre lejos de sus pagos, pero dejando en Santiago toda su alma y sus cariños. Y siguieron rumbo al Norte, continuando con su marcha noche a noche, día a día, en una dura porfía, sin importarles la escarcha, el viento, calor o lluvia, por las sierras de Bolivia el Ecuador o Perú, en donde casi se quedan, pero pasaron la prueba de aquel desierto infernal terror de todo animal y al que creo sin igual en un lugar de la Tierra y sus problemas detallo llamado MATACABALLOS por su gran temperatura, más de 50 a la sombra en caso de que la hubiera, y era una linda carrera 160 kilómetros. Si de día era imposible, en una noche cruzaron y entonces pronto llegaron a tierras de Cartagena en donde a muy duras penas consiguieron un barquito que los cruzó despacito para el lao de Panamá de donde siguieron viaje: Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, lugares donde pasaron hasta que por fin llegaron a la América del Norte y a Méjico arribaron en medio de algarabías, mariachis los recibían y fueron muchos jinetes que apilándose en sus fletes acompañaron su andar hasta verlos penetrar en las tierras de los gringos y así, anduvieron los pingos, tres años y cuatro meses y de yapa cuatro días, y fue con gran alegría que a la Capital llegaron y en Washington desmontaron el 29 de Agosto del novecientos veintiocho y el gringo quedó tan chocho que pronto pasó al olvido lo que había recorrido: veinticinco mil kilómetros, toda clase de caminos, pero fijando el destino confiando en sus compañeros sin bajarse del apero hasta cumplir con la hazaña, y después de recibir homenajes merecidos, volvieron a Buenos Aires en donde se separaron rumbos distintos tomaron, el gringo volvió a sus pagos, GATO y MANCHA a los halagos del merecido descanso en esa vieja querencia aquella Estancia EL CARDAL donde irían a pasar todavía muchos años visitados por extraños asombrados por la hazaña, pero también por el gringo que extrañaba a los dos pingos y cada tanto venía para compartir con ellos su renombre de escritor, que alcanzó por el rigor con el que narró aquel viaje demostración del coraje del hombre y del animal, una hazaña sin igual todavía no empardada como la rima buscada para nombrar, a esta altura, a aquel gringo de mi cuento; Que merece un monumento y es el que le dejo aquí: Se llamaba TSCHIFFELY (chfelí) AIME FELIX era el nombre, y nacido en SUIZA el hombre, argentino de adopción y con un gran corazón que ser gaucho merecía y así terminó sus días en la vieja GRAN BRETAÑA, mientras lejos de su hazaña y en la Estancia de EL CARDAL entremedio e’ sus iguales estaban los animales esperando su destino que era tarde cuando vino, porque demoró un buen rato, pero al final MANCHA y GATO también llegaron un día, como llega mi relato, recordando en la ocasión que hoy están en un rincón del Museo de Luján expuestos a los que van a conocer nuestra historia y rescato su memoria pensando de que al final es motivo sin igual para que el buen argentino recupere aunque sea parte del orgullo nacional. Y de paso con el cuento, los entretuve un buen rato y aquí se acaba el relato en que la historia narré de un gringo, de MANCHA y GATO
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